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La bruja

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Ana llevaba mucho tiempo buscando una excusa para acercarse a la casa de la bruja, de quien todos los adultos susurraban pero a quien nadie parecía conocer de verdad. Ni siquiera sabían su nombre, o su edad. Era como una leyenda viva. Hasta el año anterior, Ana debía ir a la escuela acompañada de su hermana mayor, pero cuando ésta completó sus estudios, finalmente llegó la oportunidad que tanto ansiaba. Aquel primer día fue muy atípico. Nunca había preparado sus libros con tanta antelación ni dejado la almohada antes del tercer llamado de su padre. Ya en la calle, iba ensayando en voz baja lo que le diría a la bruja, la forma en la que justificaría haber pasado por su casa. No quería parecer entrometida ni prejuiciosa, ya que no sentía más que una inocente —e inmensa— curiosidad. Llegó al interminable vallado con el aliento justo. Comenzó a buscar a la bruja con la mirada, absorbiendo cada detalle como una niña que ve el mundo por primera vez. Todo parecía ser diferente en aquella casa

El desvío

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Mi madre solía decir que todo puede complicarse en medio del campo, incluso las cosas más sencillas. Por eso se sintió tan contenta cuando nos establecimos definitivamente en la ciudad. «Un día de tormenta puede anunciar el fin del mundo», era otra de sus frases favoritas cuando el cielo era un auténtico campo de batalla espectral. De este modo nos mantenía recogidas en la casa, aterrorizadas de que nos llegara el fin del mundo estando lejos. Hasta que ya no le creímos. Y pasó lo que tenía que pasar. Ahora lo estoy recordando, mientras recorro a tientas el camino  enfangado. Comienzo a arrepentirme por dar rienda suelta a mi deseo de volver a ese sitio, a este mínimo mundo, que fue todo el mundo de mi infancia.  Comenzó a llover cuando abandonaba la ciudad pero me dije que sería una lluvia pasajera de primavera. ¡Menuda meteoróloga estoy hecha! No ha parado ni un segundo, tampoco ahora que hundo mis pies en el camino fangoso y cada paso me cuesta un enorme esfuerzo. Tuve el impulso de

Horizontes

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Marcos era un niño alegre y carismático. Por las tardes salía a jugar con sus amigos, desconociendo el privilegio que suponía vivir en un barrio tan tranquilo, tan seguro. Podían pasar horas solos, sin preocuparse siquiera por el tráfico, dado que los únicos coches que pasaban por allí eran los de sus padres. Cada año transcurría en una monotonía que a ellos no parecía molestarles en absoluto. Cada año, hasta que un verano el destino alteró el guion de manera imperceptible para todos, menos para Marcos. Ocurrió un viernes por la tarde. El calor suele consumir nuestras energías, pero en los niños el efecto es opuesto: la pandilla llevaba horas correteando, saltando de actividad en actividad, y ninguno de ellos ansiaba la hora de dormir. Estaban jugando al escondite. Marcos contó noventa y siete, noventa y ocho, noventa y... El roce de las llantas contra la tierra llamó su atención. Esa exacta sinfonía era nueva para sus oídos. Se giró. Fue entonces que sus ojos se convirtieron en dos es

Génesis

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Hubo un tiempo, antes de que existiera el mundo tal cual lo conocemos, en el que reinaban las tinieblas. Un no espacio con cientos y miles de letras flotando a la deriva (las únicas habitantes). No había palabras y, mucho menos, oraciones. Erres inservibles, emes aburridas y zetas eternas braceaban sin sentido viendo sólo sombras a su alrededor. Una masa espesa de neblina las rodeaba y les impedía conocer cualquier realidad que estuviera más allá de la línea estrecha que alcanzaban sus ojos. Las solitarias letras no habían nacido y tampoco morirían. Los relojes no se habían inventado y la rutina aún no tenía nombre. Un no día L se cansó de la quietud de su vida y decidió avanzar más allá de su propia frontera. A poco de andar se encontró con U y más tarde con Z. Cuando las tres se hubieron acercado lo suficiente algo muy intenso las encegueció. Un segundo más tarde, cuando recuperaron la visión, el mundo era una cosa distinta. Se llenaron de alegría al comprobar que la LUZ había incend

El niño-pájaro

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El niño que no sabía contar se sentaba cada tarde en el quicio de la ventana para observar las nubes. Trataba de recordar lo que había aprendido, pero nunca lo conseguía. Uno, cuatro, tres, dos... El ejercicio le provocaba tal tensión que al cabo de un rato se llevaba la mano al hombro izquierdo y presionaba con su dedo mayor. Suspiraba. Descansaba. Volvía a intentarlo. Cada tarde se sentaba con la esperanza de que esta vez sí, de que esta vez los números se ordenaran y salieran correctamente. Una tarde, mientras se empecinaba en el ejercicio, algo llamó su atención desconcentrándolo violentamente. Era un día de agosto muy caluroso y el niño había abierto la ventana de par en par. Un enorme pájaro entró en la habitación aleteando enérgicamente y se posó en la cama. El niño se giró y lo miró fijamente. Tuvo la sensación de haber contemplado esos ojos con anterioridad, aunque nunca en su vida había visto un pájaro tan grande, y mucho menos parado en su manta de avioncitos. El niño se asu

Doble fondo

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Siempre me ha obsesionado la vida de los objetos . De niña me gustaba imaginar que mientras dormía ellos vivían toda serie de aventuras en mi escritorio. Concentraba todas mis energías en ese viejo cuaderno de tapas oscuras, que cobijaba mis secretos más profundos, e intentaba sentirlo con todos mis músculos. De pronto podía sentir el roce de la madera sobre el filo de las hojas y recorrer los bordes del cuarto a oscuras. Por eso, cuando mi padre me dijo que podía quedarme con aquel viejo estuche, una rotunda felicidad me embargó. Hasta entonces había sido una cosa inútil, juntando polvo en un rincón del despacho de mi padre. A partir de ese día, su vida se transformaría en algo necesario y profundamente mío. Esa alegría, tan intensa, todavía me remueve cuando la recuerdo. Durante un tiempo estuve desmenuzándolo con la mirada, imaginando historias y convirtiéndolo en un bien preciado. Lo acunaba entre mis manos cada día, tratando de llegar a su alma: porque los objetos también tienen

Un regalo inesperado

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Después de su medio almuerzo, Alicia guardó un restito de pan en uno de sus bolsillos. Entonces, pensó en aquella historia que su madre le contaba cuando era una niña, el de una chiquilla que vendía cerillas en Navidad. La imagen de la pequeña con sus pies desnudos, sentada en el bordillo y encendiendo uno a uno todos los fosforitos, la estremeció. «¿Y no puede venir a buscarme también a mí una estrella?» Para evitar que aquel sentimiento de tristeza la invadiera completamente, sacudió con fuerza su cabecita y, con una enorme sonrisa, se dispuso a continuar trabajando. Habían pasado unos años desde aquellas tardes de cuentos. Ahora tenía once y ya era grande para esas tonterías; tenía que ganarse la vida. A lo lejos vio a un joven que vendía golosinas en un parque; ella no podía comerlas porque era demasiado grande y tampoco tenía dinero para comprarlas. Tocó su bolsillo, confirmando que el pan permanecía allí, y contuvo el impulso de devorarlo en un santiamén: no querría quedarse sin