Como ese día en que...

En las relaciones amorosas sólo una cosa debes evitar: ser el que caiga primero. Esto me dijo mi padre. Era verano, recién habíamos acabado de cenar y estábamos charlando tranquilamente de tonterías. Fue entonces que decidió darme ese consejo. Sin venir a cuento, como todo lo que me enseñaba. Lo recuerdo perfectamente porque yo acababa de conocer a Marta pero aún no se lo había contado y el consejo de mi padre hizo que me sintiera observado; ¿sospecharía algo y por eso decidió en ese momento iluminarme con su sabiduría?

Desde entonces he desarrollado una estrategia bélica con mis amantes: nunca permito que me abandonen ellas; ataco primero, por si acaso. Hasta hace poco he estado muy agradecido con mi padre por esa enseñanza. Seguir al pie de la letra su máxima me ha servido muchísimo en la vida. He amado mucho, me he sentido profundamente querido y también he doblegado mil veces las pulsiones de mi alma con tal de cumplir con ese mandato protector. Hasta ahora.

Con Julia todo es distinto. Julia es maravillosa, dulce, divertida pero, por sobre todas las cosas, lo que la vuelve más especial es su superpoder: consigue hacerme reír de mí mismo y así supera con altura cualquier crisis. ¿Cómo lo logra? Aún no lo sé, pero es por eso que no puedo dejarla. En los momentos en los que estoy convencido de que avanzaré hacia ella con la espada desenvainada y atravesaré con ella su corazón, desprendiéndome para siempre de este peso atosigante, ella abre los labios y hace un gesto. No es una sonrisa, sino una mueca.

Ella sabe perfectamente que no se me compra con una sonrisa, no soy tan blando. Julia abre los labios y dice «Como ese día en que...» y trae a la conversación un recuerdo absurdo y gracioso, de una situación en la que he hecho el ridículo, y yo no puedo evitar rendirme. Su mueca y sus palabras son un ácido certero que corroe toda la furia y la disuelve. Siempre he sabido manejar la espada con altura pero, ahora, las cosas se han torcido de forma insospechada y cada día que pasa se complican más. Se abre el campo de batalla y yo me preparo para arremeter con todo mi arsenal pero, entonces, «como ese día en que...», dice ella. Una mueca, no una sonrisa, y yo saco la bandera blanca y me repliego.

Como ese día en que

Pero hoy será la vez definitiva. He llegado a un punto que me resulta totalmente insostenible, una situación impensable para un hombre como yo. No se puede amar para siempre. No puede el amor durar lo que nos dé la gana. Hay que saber afrontar las situaciones como un hombre, como el hombre que vio en mí mi padre aquella noche de verano.

Son las ocho de la tarde. Acabo de llegar a casa. En lugar de preparar la cena para recibir con alegría a Julia me acuesto a dormir. Cuando despierte, ella estará aquí y se montará la de Dios. «¡Qué bonito, yo llego reventada del trabajo y tú descansando!», me reprenderá. Entonces, yo haré de tripas corazón para poner en práctica mis técnicas de desprendimiento hábilmente, zanjando esta situación insoportable de una vez por todas. Despierto y miro sorprendido el reloj: son más de las doce y Julia no ha vuelto. De reojo veo las notificaciones del móvil: hay varias llamadas perdidas y un mensaje. «Hola. Intenté llamarte. Siento mucho terminar así, pero se nos han acabado las anécdotas que nos salven. Que seas feliz. Besos, Julia». Esto no puede estar pasándome. ¿Cómo demonios le cuento yo esto a mi padre justo hoy, que celebra sus bodas de oro?

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