Doble fondo

Siempre me ha obsesionado la vida de los objetos. De niña me gustaba imaginar que mientras dormía ellos vivían toda serie de aventuras en mi escritorio. Concentraba todas mis energías en ese viejo cuaderno de tapas oscuras, que cobijaba mis secretos más profundos, e intentaba sentirlo con todos mis músculos. De pronto podía sentir el roce de la madera sobre el filo de las hojas y recorrer los bordes del cuarto a oscuras.

Por eso, cuando mi padre me dijo que podía quedarme con aquel viejo estuche, una rotunda felicidad me embargó. Hasta entonces había sido una cosa inútil, juntando polvo en un rincón del despacho de mi padre. A partir de ese día, su vida se transformaría en algo necesario y profundamente mío. Esa alegría, tan intensa, todavía me remueve cuando la recuerdo.

Durante un tiempo estuve desmenuzándolo con la mirada, imaginando historias y convirtiéndolo en un bien preciado. Lo acunaba entre mis manos cada día, tratando de llegar a su alma: porque los objetos también tienen algo que los conecta con el mundo, con nosotros. ¿Habría continuado en ese empeño de revivirlo si me hubieran contado lo que ocurriría?


Doble fondo

Una tarde, mientras estaba jugueteando con él, descubrí que tenía un doble fondo, minúsculo e imperceptible, disimulado con una almohadilla roja. Ante mis ojos anonadados se extendió un arrugadísimo papelito amarillento. Lo desdoblé sin pensarlo, con esa asombrosa fascinación de los primeros años… o de todos.


«En la guerra maté a un hombre. No sé quién era, pero no era de los nuestros».


Un escalofrío de espanto recorrió mi espina dorsal de un extremo al otro. Me quedé en silencio releyendo aquella frase, y la firma de mi abuelo. No sabía qué hacer, presa del pánico y de la frustración. Siempre he pensado en la guerra como en una cosa prehistórica, innecesaria y triste. Ese día supe que, incluso quienes no la hemos sufrido, la llevamos en la sangre.


Si esta frase fue escrita por mi abuelo —me faltan argumentos para creer lo contrario— entonces, soy la nieta de un asesino. Estas palabras no las pronuncié en voz alta, pero se instalaron en mi alma aquella tarde, y para siempre. Mi abuelo mató a un hombre a quien no conocía, solamente porque llevaba otro escudo, porque luchaba en otro equipo. Lo asesinó, porque ésas eran las reglas del juego. Sin ponerse a pensar, posiblemente, que detrás de ese hombre había un corazón latiendo, suspirando por una vida mejor. Puede que incluso hubiera un hombre o una mujer esperando en otro puerto para llenarlo de besos y recuperar el tiempo perdido; tiempo que mi abuelo le arrebató aquel día. Quizá mucho antes de escribir esta nota.


Detrás de los cristales, escondido en los universos de los mínimos objetos que nos rodean, existen secretos terribles que, de ser descubiertos, pueden cambiarnos la vida para siempre. La muerte vigila. Y los que somos demasiado curiosos, no podemos evitar el encuentro fatal con esta presencia inaudita y cruel, que nos revela una nueva perspectiva sobre el mundo conocido o las personas a las que amamos.


Mi abuelo mató a un hombre hace décadas o siglos. Yo leo y releo esa mínima nota, que he vuelto a guardar en el estuche. Mi hija me pide que le regale esa cajita vieja que no uso. Pero yo me resisto. ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta cuándo seguiremos escondiendo nuestra sangre debajo de baúles con doble fondo?

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