El niño-pájaro

El niño que no sabía contar se sentaba cada tarde en el quicio de la ventana para observar las nubes. Trataba de recordar lo que había aprendido, pero nunca lo conseguía. Uno, cuatro, tres, dos... El ejercicio le provocaba tal tensión que al cabo de un rato se llevaba la mano al hombro izquierdo y presionaba con su dedo mayor. Suspiraba. Descansaba. Volvía a intentarlo. Cada tarde se sentaba con la esperanza de que esta vez sí, de que esta vez los números se ordenaran y salieran correctamente.


Una tarde, mientras se empecinaba en el ejercicio, algo llamó su atención desconcentrándolo violentamente. Era un día de agosto muy caluroso y el niño había abierto la ventana de par en par. Un enorme pájaro entró en la habitación aleteando enérgicamente y se posó en la cama. El niño se giró y lo miró fijamente. Tuvo la sensación de haber contemplado esos ojos con anterioridad, aunque nunca en su vida había visto un pájaro tan grande, y mucho menos parado en su manta de avioncitos.


El niño se asustó. ¿Y si era una de esas imágenes-trampa que percibía cada vez con más asiduidad? Su madre las llamaba alucinaciones y le había aconsejado que pensara menos para dejar de sufrirlas. Lo había intentado, pero ¡era tan difícil privarse del pensamiento! No, esta vez era diferente, porque la veía moverse sobre la cama y sentía que era absolutamente real.


Hola, pajarraca. Porque eres una pájara, ¿verdad? Claro que sí, por eso os llamamos aves, porque sois todas niñas.


Un sonido gutural se elevó desde los pies y emergió por el pico ancho del pájaro. El niño se puso serio, analizó tímidamente la situación. Al comprender que no era una amenaza comenzó a descostillarse de risa. Continuaron mirándose fijamente en silencio. Cuando sus ojos estaban a punto de romperse oyó la voz de su madre, que le llamaba con cierta urgencia.

El niño-pájaro

Bajó las escaleras, cumplió con sus quehaceres y regresó deprisa dispuesto a continuar su investigación. Pero en su habitación lo recibió el silencio y la ausencia absoluta de su nueva amiga. Esa noche dejó la ventana abierta. Necesitaba verla, confirmar que no se la había inventado. Pero aunque durante muchos días ansió su regreso, ya no pudo volver a mirarse en el fondo de esos ojos.


El niño que no sabía contar se sentaba a la mesa y esperaba que su padre comenzara a maldecir para decidir cuál era el momento adecuado para retirarse. Uno, cuatro, dos, tres... Siempre lo hacía en un número distinto. Una noche, no tuvo que empezar. Su padre llegó más cansado y enfurecido que nunca. El niño no recordaba haberlo visto en ese estado. Su piel y su ropa habían sido rociados por un olor extraño, de casas y lugares que él no conocía. Con los labios cerrados y los dientes chirriando en el fondo de su boca, su padre comenzó a golpear y destruir todo lo que se ponía en su camino. 


Esta vez el niño no contó. Se levantó decidido y huyó de la cocina. Subió más rápido que deprisa a su habitación y cerró la puerta con una violencia tímida y asustadiza. Se quedó paralizado. Era la primera vez que se atrevía a tomar una decisión tan desafiante y sabía que las consecuencias podían ser insoportables.


Se echó a llorar. Era un niño que no sabía contar y por eso su padre no lo quería. Era un niño que veía imágenes que hacían llorar a su madre. Era un niño que... Se detuvo en seco. De pie, en el alféizar de la ventana estaba la inmensa pajarraca. Intentó acercarse y cuando finalmente consiguió sentarse a pocos metros, ella dio un pequeño saltito y voló hacia el sol. Entonces, sin saber bien por qué ni cómo, el niño que no sabía contar se lanzó al vacío. Pero no cayó. No, comenzó a volar como el avión que pendía de su lámpara y, surcando los aires, fue tras su amiga. Sus extremidades subían y bajaban al ritmo de las corrientes. Era como nadar en el aire. Y mientras estaba volando el niño-pájaro contó uno, dos, tres, cuatro y supo que no todas las aves eran niñas.


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