Insomnio paternal

Llevo diez días sin poder dormir. Al principio me lo tomaba como un desafío, como si fuese la oportunidad que siempre había deseado de aprovechar mejor el tiempo y de llevar al límite la resistencia de mi cuerpo. La primera semana, de hecho, me rindió muchísimo: ordené un montón de papeles, me puse al día con mis lecturas e incluso pude completar un par de juegos que había dejado en pausa por falta de tiempo. Pero con el correr de los días y las semanas la privación del sueño fue provocándome sensaciones extrañas, al punto de alterar mis facultades. Noto una cierta tendencia agresiva en mi comportamiento y tengo dificultades para recordar en qué día vivo. Pero lo peor es el vértigo que me asalta a cada instante.

Esta tarde, en el metro, se sentó a mi lado una mujer joven que iba acompañada de un niño pequeño que no paraba de parlotear. «¡¿Te quieres callar?!», me oí gritándole. Enseguida miré a mi alrededor. No sé si lo hice, es decir, si grité tan alto que todo el vagón pudo reconocer el tipo de hombre que soy. Sólo sé que en mi interior la voz estaba terriblemente enojada y habría dado lo que fuera a cambio de que la criatura se callase. No sé, decía, si le grité. Lo asombroso es que, como por arte de magia, el niño se calló y, a los pocos segundos, estaba dormido con la cabeza apoyada en la falda de su madre. Ella me miró intensamente y dijo que finalmente dormía como un bebé. Lo dijo mientras sonreía con cierta complicidad. La conversación se quedó ahí, en un cruce de miradas que no condujo a ninguna parte. ¿Habrá pensado que soy un sociópata o, peor, un asesino de niños? La duda comenzó a hervirme por dentro. Cuando llevas semanas sin poder pegar ojo ya no reconoces el final de los días, todo es exactamente igual: día y noche se presentan como una larga carretera, en la que te mueves con un balanceo constante y anodino. Pero ése no es el problema; lo peor es que no puedes ser agradable con nadie, que no tienes energía para esforzarte, para imaginar algo bonito que decir. Lo único que zumba en tu cabeza es un deseo: un sueño en el que todos se callen y tú puedas apoyar la cabeza en la almohada, dormir como un bebé.

Insomnio paternal

Llevo diez días sin poder dormir y comienzo a dudar de mis facultades; sobre todo, de mi capacidad para controlar los impulsos eléctricos que me atraviesan los intestinos cuando mi hijo comienza a llorar desconsoladamente. Y yo me levanto sabiendo lo que me espera: una larga noche en vela, otra más. Ahora, el niño está llorando. Me asomo a su habitación. ¡¿Te quieres callar de una vez?! El deseo intenso de gritarle y de frenar ese alarido alargado que extiende las noches y fulmina mis horas de sueño está ahí, latente. Me acerco a tientas y le susurro al oído: «Duerme, pequeño, que papi está aquí». 

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