La Bella durmiente del bosque

Un buen soldado sabe que si todo está en calma es porque algo va mal, pero que muy mal. Uri recordó la enseñanza de su tío Roque y se detuvo en seco. Con un gesto llamó a Loro y le pidió que averiguara qué estaba pasando. A diferencia de lo que tal vez imagines, Loro era un ave de plumas negras y brillantes, un inmenso cuervo, cuyo nombre respondía a una de sus cualidades principales: era un gran conversador.

Loro desapareció entre las copas de los árboles. Y no tardó nada en regresar con noticias. Una de las ventajas de viajar con él era que con sus dotes de persuasión siempre conseguía enterarse de cualquier cosa. Esto pensaba Uri, siendo totalmente consciente de que gracias a esta habilidad del plumífero ambos habían salvado el pellejo más de una vez. 

Pero hablemos de las noticias: una comitiva de hombres armados viajaba a paso seguro bosque adentro, buscando a una princesa y «no se qué de un encantamiento», fueron las palabras textuales del pájaro. De todas formas, le explicó a Uri que no había nada de qué preocuparse: se dirigían en sentido contrario, por lo que no se cruzarían si ellos continuaban tranquilamente su viaje.

—¿Qué dices? ¿Y perderme la posibilidad de disfrutar de una aventura y de ver a un príncipe con mis propios ojos?

Loro emitió un graznido seco. Uri entendió que, aunque la idea no le gustaba, no lo abandonaría. Así que levantaron campamento en dirección contraria y siguieron a la comitiva a una cierta distancia.

Gracias a dos rezagados —en todo grupo grande los hay y suelen parecerse a Loro en su pasión por el sonido de las palabras— por el camino se fueron enterando de todos los detalles del viaje.

—La gran leyenda cuenta que en lo más profundo del bosque hay una casita de madera que aloja en su interior una gran urna de cristal donde duerme una joven. 

—El sueño eterno. 

—No, no el sueño eterno, no digas tonterías Rulo. Duerme, simplemente. 

—¿Y qué tiene eso de especial? Todos dormimos. 

—Ay, te lo tengo que explicar todo: lo que tiene de especial es que esta joven no puede despertar. 

—Por eso, el sueño eterno.

—No, sería eterno si no pudiera despertar jamás de los jamases, pero no es el caso. La historia dice que si la besa un dulce joven cuyo corazón esté limpio de corrupción, la joven despertará.

—¿Y se casarán? 

—No dice nada de casamiento. ¿Cómo le iban a imponer a la pobrecilla casarse así como así? No, simplemente despertará. No te inventes disparates, Rulo. 

Uri y Loro se estaban divirtiendo a lo grande. Uri se tapaba la boca con ambas manos haciendo movimientos espasmódicos para contener la risa por miedo a que los descubrieran. Mientras tanto, Loro iba y venía volando entre las copas de los árboles para mantener a Uri informado de todo.

La Bella durmiente

De pronto, la comitiva se detuvo. Frente a ellos una cabaña de madera bastante maltratada por el paso del tiempo les advirtió que el viaje había terminado. El príncipe Roberto levantó la mano exigiéndoles silencio y quietud a sus acompañantes. Después, hizo una seña a su asistente para que fuera primero. Comenzaron a avanzar los dos lentamente. Llamaron a la puerta. Nada. El bosque parecía más silencioso que antes. Una nube de misterio lo envolvía todo. Y el miedo comenzaba a palpitar en el corazón de los valientes guerreros.

—Abre, Julio, que me estoy poniendo nervioso.

Su asistente empujó suavemente la puerta. Y entonces, todo el grupo pudo verla: en el centro de aquella cabaña yacía una urna de cristal, idéntica a la que aparecía en la leyenda. 

—¿Ves cómo era verdad, Rulo? 

Los rezagados estaban ahora en primera fila, contemplando la situación con los ojos casi fuera de sus órbitas. Pero había un detalle, una pequeña cosita que no coincidía con la historia: dentro de la urna no había princesa alguna. De hecho, no había nada. Estaba completamente vacía. El príncipe refunfuñó algo y llamó a su asistente.

—Bueno, mi padre no podrá decir que no lo hemos intentado, querido Julio. 

Ambos sonrieron y emprendieron el camino de regreso.



Cuando Uri rozó con su boca los carnosos y fríos labios de la joven, ella abrió suavemente los párpados. Sus ojos negros eran hipnóticos. Uri sintió como si estuviera pisando sobre un suelo de algodón pero para salir del estupor le hizo señas a la princesa para que fijara su vista en la cabaña. Desde ese escondite pudieron observarlo todo: el cofre de cristal, la sorpresa del príncipe, la sonrisa de Julio. Todo. 

—Mira de lo que te he salvado.

Un soldado debe ser valiente y decir la verdad, cueste lo que cueste. Uri recordó otra de las enseñanzas de su tío y se quitó el yelmo que cubría su rostro por completo. Cuando la princesa vio que el apuesto príncipe era en realidad una chica no pareció preocuparse. 

—¿No te importa?  

Había ilusión y miedo en la voz de Uri.

—Me has salvado del hechizo. ¿Qué otra cosa podría importarme? Ven, vamos a la cabaña que tienes que probar unas deliciosas fresas que he cosechado esta maña... —en ese momento, la princesa entendió que había estado dormida durante meses y reformuló:— ¿Qué te parece si vamos a recoger unas fresas?

Ese día comieron fresas y al día siguiente, también. De hecho, podría decirse que la princesa, la aventurera y el cuervo Loro vivieron felices y comieron fresas el resto de sus vidas. Hasta que, como le habría gustado decir a Rulo, les llegó el sueño eterno.


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