Terrores nocturnos

Clara miró el cielo: una cúpula obtusa se extendía sobre ella y la engullía lentamente. Las últimas chispas del atardecer iban desapareciendo y la sombra de los árboles se había transformado en una gran masa verde oscura que lo absorbía todo. La tierra comenzaba a desprender una humedad fría que ascendía por sus tobillos y poco a poco se acercaba a su corazón. El silencio se había llevado el canto de los pájaros y toda evidencia de vida silvestre. Clara avivó el andar: le quedaba un largo camino hasta llegar a su casa.

Los latidos de su corazón se aceleraban con el movimiento agitado de sus piernas pero no al punto de distraerla de su entorno. Por eso, no tuvo dudas cuando la oyó. Un grito ahogado y atronador invadió la espesura del campo. Clara no era una chica miedosa pero la posibilidad del horror es idéntica en todos los seres vivos: de pie contra el abismo nos desesperamos mientras algo imperceptible nos sacude bruscamente. Se detuvo en seco. ¿A dónde huir? Esperó un instante. De nuevo el silencio se apoderó de la noche. De nuevo, el mundo era una sombra alargada sobre la que ella caminaba sin salida. Intentó divisar alguna forma en la oscuridad, resopló de impotencia al no conseguirlo y continuó avanzando.

Terrores nocturnos

Otra vez, el grito ahogado. Ahora, más cerca. De pronto, sintió unas ganas terribles de llorar y de llegar a casa. Si a cambio de aparecer allí inmediatamente hubiera tenido que prometer cuidar de su hermano pequeño el resto del año, habría aceptado sin dudarlo. Cualquier cosa, con tal de no seguir sometida a esa situación de miedo visceral.  Un cuerpo frío rozó su brazo, que se erizó como un animal a la defensiva. Clara, ese animal asustado que sólo deseaba volver a casa, volvió a detenerse. Sabía quién era. No se hablaba de otra cosa. La Llorona, esa triste mujer perdida de amor, que deambulaba por los campos en busca de almas para satisfacer su dolor. Clara siempre hablaba de ella con compasión, pero ahora tenía tanto miedo que deseaba que todas esas historias nunca hubieran llegado a sus oídos. No quería morir. Movió los brazos palpando las sombras y dio con algo duro y frío: el enorme roble centenario que estaba a metros de la tapera.

Intentó tranquilizarse, reprendiéndose por ser tan imaginativa y confundir con ideas sobrenaturales  el conocido ulular del viento, que en las zonas descampadas tiene la capacidad de multiplicar los sonidos y jugar con el eco de una forma asombrosa. Continuó avanzando. Después del roble estaba la casa abandonada. Podría haber escogido otro camino, pero ése era el más directo. Se armó de valentía. Cuando estaba a pocos metros del antiguo edificio volvió a oírla: su llanto desolador la penetró hasta el hígado. Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, la noche se había despejado y el cielo era una cúpula ovalada de luces que serpenteaban. Clara solía decir que las estrellas eran sus protectoras. Trató de pensar en eso para calmarse. Fue entonces cuando la vio: como venida de un sueño, ofreciéndole sus brazos extendidos, estaba su madre, fallecida unos diez años antes. Clara sonrió dulcemente y se dispuso a abrazarla. Entonces, volvió a oír el grito, esa voz ronca, milenaria a centímetros de ella: «¿Dónde están mis hijos?». El rostro de su madre se había torcido y presentaba un aspecto aterrador.


Clara abrió los ojos. Su amigo Kike la estaba contemplando y le extendía una mano para ayudarla a ponerse de pie mientras trataba de averiguar lo que había ocurrido.  Detenidos junto a la tapera, se abrazaron y comenzaron a alejarse alegremente. La cúpula celeste se iba poblando de chispitas y una luna llena rojísima ascendía lentamente iluminándolo todo. El campo era de nuevo un sitio seguro para Clara.


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