Horizontes

Marcos era un niño alegre y carismático. Por las tardes salía a jugar con sus amigos, desconociendo el privilegio que suponía vivir en un barrio tan tranquilo, tan seguro. Podían pasar horas solos, sin preocuparse siquiera por el tráfico, dado que los únicos coches que pasaban por allí eran los de sus padres.

Cada año transcurría en una monotonía que a ellos no parecía molestarles en absoluto. Cada año, hasta que un verano el destino alteró el guion de manera imperceptible para todos, menos para Marcos.

Ocurrió un viernes por la tarde. El calor suele consumir nuestras energías, pero en los niños el efecto es opuesto: la pandilla llevaba horas correteando, saltando de actividad en actividad, y ninguno de ellos ansiaba la hora de dormir.

Estaban jugando al escondite. Marcos contó noventa y siete, noventa y ocho, noventa y... El roce de las llantas contra la tierra llamó su atención. Esa exacta sinfonía era nueva para sus oídos. Se giró. Fue entonces que sus ojos se convirtieron en dos esclavos de ese coche de un color indescriptible, y siguieron su trayecto hasta verlo desaparecer en el horizonte de la carretera.

Horizontes

Permaneció inmóvil y en silencio durante unos segundos, como si hubiera perdido la consciencia. Poco a poco sus músculos volvieron a funcionar, pero solamente para llevarlo hasta el borde de la calle, donde se sentó, aún sin pronunciar ni una palabra. Pasaron segundos, incluso minutos, pero su expresión se había congelado.

Algunos de sus amigos, preocupados, se acercaron a preguntarle qué ocurría. Marcos no respondió. Tenía la mirada clavada en la esquina. Poco a poco llegaron los que faltaban, cada uno más preocupado que el anterior. Ante el interminable interrogatorio, finalmente juntó las fuerzas para dar una explicación: «tiene que volver».

Nadie entendió sus palabras, esas tres palabras que ofreció como respuesta a todas las preguntas de los demás niños y, más tarde, de sus padres. Esa noche se durmió junto a la ventana, cuando se vencieron sus párpados. A partir del día siguiente, su rutina consistió en esperar el regreso de ese coche, que nadie más había visto, intentando reducir al mínimo el resto de sus actividades.

Marcos es un hombre apagado y solitario. Hoy cumple cincuenta... o cincuenta y cuatro años. Tal vez, sesenta. No lo recuerda. De hecho, la noticia se la dio una vecina, que se acercó a saludarlo junto al bordillo, a lo que él respondió, murmurando, «tiene que volver».

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