El desvío

Mi madre solía decir que todo puede complicarse en medio del campo, incluso las cosas más sencillas. Por eso se sintió tan contenta cuando nos establecimos definitivamente en la ciudad. «Un día de tormenta puede anunciar el fin del mundo», era otra de sus frases favoritas cuando el cielo era un auténtico campo de batalla espectral. De este modo nos mantenía recogidas en la casa, aterrorizadas de que nos llegara el fin del mundo estando lejos. Hasta que ya no le creímos. Y pasó lo que tenía que pasar. Ahora lo estoy recordando, mientras recorro a tientas el camino  enfangado. Comienzo a arrepentirme por dar rienda suelta a mi deseo de volver a ese sitio, a este mínimo mundo, que fue todo el mundo de mi infancia. 


Comenzó a llover cuando abandonaba la ciudad pero me dije que sería una lluvia pasajera de primavera. ¡Menuda meteoróloga estoy hecha! No ha parado ni un segundo, tampoco ahora que hundo mis pies en el camino fangoso y cada paso me cuesta un enorme esfuerzo. Tuve el impulso de volver a los pocos kilómetros pero he intentado sostener mi buen humor de domingo diciéndome: «¿cuánto hace que no vives una bonita aventura?; vamos, tómatelo de esa manera». Tengo la costumbre de hablar conmigo misma, quizá para reforzar esa idea de que cuando estamos solos siempre hay alguien que nos escucha. Me gusta pensar que la soledad es una especie de compañía espiritual.


No tardó mucho en esconderse el sol. Ahora, la densa neblina que cubre el campo me impide divisar nada a más de un metro de distancia. No soy miedosa y conozco este camino. Bueno, al menos lo conocía. Lo he recorrido muchas veces de niña y podría dibujarlo en un mapa. No obstante, la sensación que me invade no tiene nada que ver con la dulzura de la memoria infantil. El entorno me resulta extraño y hostil, y estoy lamentando más que hace un rato el no haber pegado la vuelta. Ahora estaría sentada en mi sofá tomando algo caliente y leyendo una buena historia; quizá una de esas con tormenta donde una chica se empapa bajo la lluvia, pero siendo otro el cuerpo que se moja y otros los caminos extraños que transita. Intento serenarme y me obligo a recordar. Sé que por esta zona tiene que haber una casita, la de Paula y Jorge. Fuimos muy amigos durante años. Mi hermana Isabel y yo veníamos muchísimo a jugar con ellos. Intento visualizar el edificio pero no lo consigo, sólo tengo un recuerdo cálido. Cuando mi hermana falleció, mis padres y yo abandonamos el campo para siempre. Nunca había vuelto a pensar en esos niños, hasta ahora. Tampoco se me había ocurrido antes regresar a este sitio lleno de recuerdos y de dolor. ¡Ahí está! Una tenue lucecita me demuestra que estaba en lo cierto. Abro la cancela y recorro el camino de álamos plateados hasta la casa. Al menos que este viaje desastroso me permita volver a encontrarme con mis amigos de la infancia, me digo con entusiasmo. 


Golpeo suavemente la puerta. Casi al instante, aparece ante mí una joven de mi misma edad. No parece mi amiga. Lo confirmo cuando le digo que soy una antigua amiga de Jorge y Paula y no se da por aludida. Mantiene la puerta entreabierta bloqueando mi paso, y parece analizarme detalladamente antes de decidir si dejarme pasar. Tengo miedo de que me cierre la puerta en la cara, así que intento cambiar el rumbo de la conversación, si pudiera llamarse de este modo el intercambio de palabras que componen un malentendido.


El desvío

—Lo siento. Da igual. En verdad, mi coche se ha averiado y me preguntaba si podría llamar a alguien para que venga a buscarme.

—Me encantaría ayudarte pero se ha descompuesto toda la red eléctrica de la zona. Con tanta tormenta...

—Entiendo... Qué pena. ¿Y no sabe si volverá?

—¿Si volverá quién?

—La energía. ¿Podría esperar aquí? He andado mucho y no estoy segura de poder regresar a mi coche.

 —Ah, sí, sí, disculpa. Pasa, niña, pasa...

—Gracias.

Se llama Isabel. Lo dice mirándome. Y yo trato de no aferrarme a su nombre. Tiene los ojos rasgados y una cabellera larga recogida en una trenza. Me hace pasar y me pide que la espere junto a la puerta. Enseguida regresa con una toalla y ropa seca. 

—No sé si te valdrá. Son de mi hermana.

—Ah, qué bien, ¿vivís juntas?

—No, ya no. Ella... se fue hace unos años.

—Ah, lo siento... 

—Nada, ¿qué tendrás que ver tú? Esta soledad te va matando lentamente.

Una mezcla de tristeza y de terror se apodera de todos mis sentidos. Sus ojos felinos se incrustan en mí como una púa y provocan interrogantes tétricos. Qué hace una mujer tan joven sola en medio del campo y cuál es su historia. Y su nombre... Pensar en todo eso seguramente no mejora la situación.

Cenamos juntas. Habla poco. Sus frases me resultan extrañas. Quizá por pasar tanto tiempo sola es que habla con palabras de otra época. Sea como sea, nada en ella resulta impulsivo o natural. Pero es agradable y yo le estoy muy agradecida por acogerme en semejantes circunstancias. Así que, no pierdo ocasión alguna de repetírselo a lo largo de la velada.

Cuando nos despedimos para dormir, me deja una lámpara y me indica el camino hasta el dormitorio. Lamento tanto mi torpe memoria: me habría gustado reconocer las esquinas de esa casa donde pasé tanto tiempo, pero nada me resulta familiar. Ni una foto en las paredes. La joven me dijo que se habían mudado con sus padres cuando ella era adolescente y que no sabía quiénes habían sido sus antiguos propietarios. Pero los nombres que pronuncié no provocaron sombra alguna en sus ojos.

Me siento tranquila. La casa está tibia y me resulta acogedora. La nostalgia de la calma campestre enciende en mí el deseo de cambiar rotundamente de estilo de vida. Esas cosas que una piensa cuando cree que lo peor ya ha pasado. Pero nunca sabes cuánto pueden empeorar las cosas hasta que se tuercen. Sin querer acciono el interruptor de la luz y el dormitorio se ilumina. Me alegra saber que el suministro se ha normalizado, pero es tarde y descansar en aquella casa es todo lo que deseo hacer esta noche. «Relájate, ya resolverás mañana el tema del coche; tómatelo como una oportunidad». Mi entidad crítica no se opone. Respiro profundamente y me meto en la cama. ¡Es muy cómoda! Me invade el presagio de que voy a dormir como nunca en mi vida. Entonces, descubro sobre la mesita de noche una nota que dice:

«Gracias por quedarte en mi casa para siempre». 

Isabel está de pie junto a la puerta. Sostiene una lámpara con ambas manos a la altura de su pecho y su rostro, iluminado por las llamas, tiene una expresión aterradora. «Te dije que la soledad es insoportable. Menos mal que estás aquí, hermanita».

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