La bruja

Ana llevaba mucho tiempo buscando una excusa para acercarse a la casa de la bruja, de quien todos los adultos susurraban pero a quien nadie parecía conocer de verdad. Ni siquiera sabían su nombre, o su edad. Era como una leyenda viva. Hasta el año anterior, Ana debía ir a la escuela acompañada de su hermana mayor, pero cuando ésta completó sus estudios, finalmente llegó la oportunidad que tanto ansiaba.

Aquel primer día fue muy atípico. Nunca había preparado sus libros con tanta antelación ni dejado la almohada antes del tercer llamado de su padre. Ya en la calle, iba ensayando en voz baja lo que le diría a la bruja, la forma en la que justificaría haber pasado por su casa. No quería parecer entrometida ni prejuiciosa, ya que no sentía más que una inocente —e inmensa— curiosidad.

Llegó al interminable vallado con el aliento justo. Comenzó a buscar a la bruja con la mirada, absorbiendo cada detalle como una niña que ve el mundo por primera vez. Todo parecía ser diferente en aquella casa, incluso el otoño. Caminó durante varios minutos alrededor de la propiedad, como una detective en plena investigación. Y justo cuando estaba comenzando a decepcionarse, la vio frente a ella, juntando aceitunas sobre un banco de madera.

—Hola...— esbozó tímidamente.

La pobre bruja no esperaba su visita, y quizás menos que alguien le dirigiera la palabra. El susto hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo.

—¡Uy, lo siento, de verdad! No quería... Simplemente...

—No te preocupes, ha sido un golpe tonto. Soy vieja, pero no tanto.

La bruja

¿Quién era esa amable señora, que sonreía para evitar que Ana se sintiera culpable por la caída?

—¿De verdad se encuentra bien? Si necesita que llame a alguien...

—Estoy bien, en serio. Soy Isabel, por cierto. ¿Te gustan las aceitunas?

Ésa fue la invitación, que Ana aceptó sin dudar. Pasó allí toda la mañana, hablando del huerto y de los pájaros. No hubo hechizos, ni verrugas en la nariz. Intentando no ser descortés, pero sorprendida por el contraste entre sus expectativas y la persona que le había abierto sus puertas con total generosidad, le preguntó por qué la llamaban "la bruja".

—Mmm...— Isabel sonrió brevemente, como quien se enfrenta una vez más a una realidad ineludible. —Verás, es que vivo sola en el campo, nunca me he casado, llevo el cabello blanco...

—¡Vaya! No lo entiendo, pero le aseguro que me encantaría vivir como usted. Su jardín es muy bonito.

—Gracias, de verdad. A los pájaros tampoco parece importarles mi rareza...

Ana perdió un día de escuela, pero los regaños de su madre pertenecen a otra historia, una irrelevante y ya olvidada.

Después del último té de hierbas con galletas caseras, su nueva amiga le pidió un pequeño favor: que mantuviera el encuentro en secreto. En aquel momento, Ana no entendió su decisión, la cual conllevaría que el pueblo continuase calumniándola, pero nunca rompió su promesa. Han pasado muchos años, y hoy la recuerda al ver su propio reflejo en la ventana, mientras se prepara para ir a recoger unas aceitunas.

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